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Comunicar una muerte a un niño es uno de los momentos más complicados que suelen afrontar las familias tras perder a un ser querido.

Son muchas las dudas que nos invaden a los adultos sobre cómo enfocar la difícil noticia. Nos preocupa cómo lo entenderá y cómo reaccionará el niño ante un hecho tan triste.

Pero la muerte es parte de la vida y los niños, a su manera, también son conscientes de ello. Es cierto que, dependiendo de la edad del niño, su visión puede distar bastante de la realidad. Por ello es necesario comunicar una muerte a un niño con claridad y sinceridad. Y siempre adaptando el mensaje a la edad del niño.

Comunicar una muerte a un niño según su edad

Los niños visualizan la muerte casi a diario en la televisión y los videojuegos. Su visión es irreal, como algo ajeno a su vida y a su familia. Para ellos forma parte de una historia, de una película, de una vivencia no real.

Por ello, cuando hay que comunicar una muerte a un niño, de un familiar o una persona cercana, es muy importante afrontar el momento con sinceridad. Y tratar de evitar metáforas que puedan confundirle.

Comunicar una muerte a un niño en edad preescolar

Un niño en edad preescolar entiende las explicaciones sencillas y toma las palabras de forma literal. Debemos contarle lo ocurrido con términos habituales que él pueda reconocer. Por ejemplo, explicarle que cuando alguien muere ya no respira, no habla, no come, … 

Evitar las metáforas también es muy importante al comunicar una muerte a un niño de tan temprana edad, pues suelen entender las historias de manera literal. Así, contarles que el abuelo se ha ido a una estrella del cielo, los niños pueden tomarlo como que está de viaje y luego volverá.

Los niños, hablándoles de forma adecuada a su comprensión, lo entienden todo. Por muy pequeños que sean. El principal problema es que, a esta edad, los niños no entienden ni saben expresar todavía sus emociones, por lo que copian los comportamientos de los adultos. Por eso es muy importante comportarnos con naturalidad y atender a sus preguntas con sinceridad. Hacerles partícipes del duelo de la familia. 

Podemos enseñarles a reconocer y expresar sus emociones con dibujos, con canciones, … Mostrarles que lo que sienten es tristeza y que es normal.

Comunicar una muerte a un niño en la niñez

Un niño de edad intermedia, entre los seis y los once años, ya comprende el concepto de la muerte ‘real’. Aunque todavía no es consciente de lo que supone esa pérdida y que será para siempre.

Un niño de estas edades todavía no reconoce sus emociones por lo que es muy importante enseñarle a entenderlas y gestionarlas. Identificar lo que siente y ayudarle a vivir esas emociones es fundamental. Que entienda que es normal sentir tristeza, o ira, o rabia y dejar que lo exprese con naturalidad, le ayudará a saber enfrentarse a la muerte en un futuro.

No es bueno comunicar una muerte a un niño con símiles como el sueño o el descanso eterno, por ejemplo. El niño puede confundirse y sentir miedo de ir a dormir por el temor de si se dormirá y ya no despertará.

También hay que evitar expresiones como ‘es la voluntad de Dios’, pues el niño puede desarrollar el temor de que Dios puede querer venir a llevarlo a él también.

Si la muerte se ha producido por una enfermedad, debemos hacer entender al niño que sólo algunas enfermedades graves son mortales, así evitaremos preocupaciones innecesarias cuando cualquier otro miembro de la familia sufra, por ejemplo, un catarro común.

Comunicar una muerte a un niño en la adolescencia

Comunicar una muerte a un niño adolescente es más sencillo porque con esta edad ya comprenden lo que supone la muerte. Quizá ya hayan pasado por eso porque han sufrido la muerte de alguna persona cercana o de alguna mascota.

En el caso de los adolescentes, la preocupación principal no es el entendimiento sino la gestión de las emociones. Están en una edad rebelde y sus reacciones se agudizan en estas situaciones delicadas. Toda emoción es desmedida y la reacción también suele serlo.

Para ayudarles en su gestión, debemos hablar con ellos, que nos cuenten lo que sienten, y facilitar la tarea contándoles nuestros propios sentimientos. Que vean que nosotros también estamos tristes, y lloramos, y que es normal. Ofrecerles confianza para que recurran a nosotros si se ven desbordados con la situación.

También debemos estar muy atentos a su comportamiento. Si notamos una etapa de aislamiento demasiado larga, una tristeza excesiva, o reacciones de rabia incontroladas, lo recomendable es ponerlo en manos de un profesional.

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